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Tal vez no haya otro país donde se valorice tanto la cerámica
como el Japón, donde hacer cerámica es considerado desde hace
siglos un verdadero arte, tan digno como las demás bellas artes.
Las más antiguas son las del período Jōmon, estatuillas de
terracota que muestran una técnica muy libre y vasijas con
dibujos impresos con sogas. Continúa luego la época Yayoi, con
formas simples, encontramos los Haniwa, que son figuras que eran
colocadas en las tumbas para hacer compañía al difunto.
La grandeza del arte japonés reside precisamente en las cosas
minúsculas, donde se destacan la gracia y la armonía.
Introducida por los monjes zen, la ceremonia del té le dio un
gran florecimiento a la cerámica. También el arreglo de las
flores exige atractivas cerámicas, ya que la flor y el
recipiente hacen un todo en el arte del Ikebana.
El aumento enorme de demanda hizo que se produjeran diversas
variedades de gran valor artístico en distintas partes del
Japón. La cerámica fue especialmente próspera en los siete
distritos donde se encontraban arcillas de buena calidad y que
aparecen en la historia de la cerámica japonesa como los siete
antiguos hornos. Estos son: Seto, Tokoname, Iga, Shigaraki,
Tamba, Echizen y Bizen. La cerámica tipo Shino, Ki-Seto y Oribe
se conservan junto a los esmaltes Temmoku como lo más típico del
Japón. En Kyoto fue elaborado el chawan “raku-yaki” para
ceremonia del té, donde podemos apreciar los sutiles contornos
asimétricos de este bol para té. En Arita a fines del 1500 se
empezó a estudiar la porcelana con fondo blanco y decorada en
azul y en azul y otros colores, la producción en buena medida se
exportaba a Europa.
Antes del punto final el agradecimiento y recuerdo afectuoso
para mi maestro Jiro Mizutani.
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Lilia Leirado
Profesora de cerámica japonesa |
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